
Que injustos son en ocasiones los críticos del cine español. Después de ver ayer Ágora todavía no alcanzo a entender el calado de algunas críticas, salvo que el único interés sea menospreciar al que hoy por hoy es el mejor director de España. El cine de Amenabar está a años luz del 80% del producto que se hace en nuestro país. Te puede gustar más o menos, pero Alejandro Amenabar está haciendo un cine con clara tendencia comercial, dejando a un lado los complejos y los clichés que saturan las producciones españolas y que hunden, cada vez más, nuestra industria en un pozo sin salida. Amenabar, cuando tenía menos presupuesto y ahora que tiene más porque ‘se lo ha ganado’, siempre ha hecho películas para el espectador y esa factura se nota y se agradece, por eso, cada año que las dos Aes estrenan película (Almodóvar y Amenabar) los índices de cine español se salvan. Por cierto, difícilmente esos índices subirán con las estúpidas subvenciones que el Estado da actualmente (la industria cinematográfica es una de las pocas empresas culturales que vive a costa de subvenciones públicas… ¿por qué la literatura no, por qué el mundo del comic no, por qué el mundo de la zarzuela no?). El cine tendría que vivir de capital privado, quizás ahora resulte impensable porque la situación económica no lo permita, pero en su día se tendría que haber evitado vivir de ‘la teta del Estado’ y puede que hoy en nuestras pantallas hubieran películas más comerciales, más competitivas a nivel internacional y, lo más importante, películas que de verdad atrajeran al público a las multisalas. Pero no pasa nada, que la ministra ha decidido dar subvenciones a las mujeres directoras… ¿cuándo van a llegar las ayudas a los inmigrantes con más de cinco años de estancia en territorio español o las ayudas para la creación de películas a personas que presenten una incapacidad física superior al 50%?
En fin, que nos vamos por las nubes y estamos hablando de Ágora. La última peli de Amenabar propone una visión muy interesante en torno al cisma de civilizaciones. Roma, tras la tercera guerra púnica y la invasión de las ciudades que conformaban la Liga Griega y las poblaciones helénicas, cambió sus ideales y dejó de ser un pueblo tosco, rudo y campesino, para convertirse en acaudalados ciudadanos del mundo (que ya lo eran) y, sobre todo, en hombres interesados en la filosofía y en la ciencia. Al pueblo de Roma se le puede acusar de muchas cosas, pero la principal influencia que absorbió de los griegos fue, sobre todo, la de la curiosidad. Catón insultaba a Sócrates, pero a la vez lo amaba con toda el alma porque en él veía a un camarada/competidor. Catón abrió una nueva vía de pensamiento filosófico que rápidamente se expandió por toda la Urbe y, cómo no, por todos los territorios del Imperio.
En Ágora damos un gran salto en el tiempo y nos vamos 400 años después de la muerte de Cristo. El pensamiento civilizado ha prosperado hasta convertirse en uno de los principales ejes que mueve la conciencia de muchos de los territorios anexionados a Roma, y Alejandría no se mantiene al margen de ese movimiento filosófico. Hipatia vive obsesionada con el cosmos, el movimiento de las estrellas y la ubicación del ser humano respecto al Universo —que nadie se preocupe por este tema porque Amenabar inocula en la peli las dosis adecuadas de ciencia y astronomía para no aburrir a nadie—, pero al mismo tiempo asiste a los movimientos religiosos que se están dando por toda Alejandría ante la creciente ola de fanatismo cristiano.
Y vamos a quid de la cuestión, a las críticas que Amenabar ha recibido desde diferentes sectores religiosos por vilipendiar la imagen del cristianismo. Ante esas críticas sólo se puede decir una cosa: señores, son ustedes unos ASNOS. Lo voy a repetir otra vez por si no ha quedado claro: ASNOS, de los que rebuznan y se cagan en los establos. Amenabar en ningún momento ataca a los cristianos o a los judíos, ataca al fundamentalismo religioso. Hay que tener muy claro que el fundamentalismo no comienza con el cristianismo, sino que los romanos ya dictaban leyes en función al capricho de sus dioses (aunque como bien explica Indro Montanelli en su ‘Historia de Roma’, muchas veces esos soliloquios entre sacerdotes paganos y dioses atendían más al interés del propio sacerdote o a la cuantía de la ofrenda realizada por el político o el general de turno). Pese a todo lo que nuestros antepasados habían progresado en el terreno de la ciencia, de las matemáticas, del arte y de la cultura, seguimos ante una plebe mayoritariamente bárbara, martirizada, temerosa y, sobre todo, pobre. Un pueblo sometido al yugo de los romanos que ha visto como el cristiano ha sido torturado hasta la exoneración y que se siente identificado por los discursos de los parabolanos. Ante esas premisas, es lógico que la plebe se levante ante sus opresores y reaccione con la única arma que tiene a su alcance: la violencia.

Los primeros pastores de la iglesia cristiana fueron oradores impulsivos y facinerosos porque no tenían otra opción. Si querían sepultar un régimen establecido, tan antiguo y poderoso como el paganismo, primero tenían que conseguir un ejército de adeptos y luego derrocar a sus sacerdotes mediante la violencia. Y no por eso todos los paganos fueron más científicos o mejores pensadores, a pesar de que su régimen sí aceptó el pensamiento libre en ciertos aspectos. Tal como nos muestra la película, los paganos echaron a correr en cuanto los cristianos y los judíos se hicieron con Alejandría y dejaron atrás a Hipatia y a sus pupilos, renunciando a todo el saber que se almacenaba en la Biblioteca de Alejandría y doblándose ante el poderío de los nuevos profetas.
El verdadero triunfo de los cristianos consistió en que el pueblo se sintiera identificado por la palabra de Dios —algo de culpa tendrían los paganos— y sobre todo por el sentido que sus obispos le daban a esa palabra. El cristianismo aunó una gran masa de adeptos que se situó en un solo lado de la balanza, aplastando a las minorías que estaban en desacuerdo. En cambio, Hipatia, en la película de Amenabar, demuestra una sensatez incomparable cuando ejerce un discurso más humanista: el de la igualdad del hombre pese a sus pensamientos dispares. Y ese es el discurso que paradójicamente más ataca la religión fundamentalista –llamémosla cristiana, judía, islámica o cualquier otra que se nos pase por la cabeza-, porque el fundamentalismo no vela por la seguridad del ser humano sino por la capacidad de instaurar un único pensamiento sobre una sociedad. Obviamente, los parabolanos vieron una amenaza en la ciencia simplemente porque muchos aristócratas romanos, que en ese momento ostentaban el poder, sentían cierta debilidad hacia ella, pese a que por miedo ya se habían bautizado en la doctrina cristiana. Pero los parabolanos siguieron atacando a los judíos, siguieron atacando a los paganos y, por qué no, siguieron atacando a esos hombres tan peligrosos que osaban contravenir los designios de Dios y se aferraban a dogmas tan descabellados como que la Tierra era redonda y giraba alrededor del Sol. Obviamente, a largo plazo, todos somos muy conscientes de lo que pasó, el fundamentalismo religioso triunfó sobre la ciencia y el humanismo, las antiguas civilizaciones se desfondaron y el hombre caminó de la mano de la Iglesia hacia una edad oscura, llena de supersticiones, de sangre y de guerras, que recibió el bonito nombre de Edad Media.

Amenabar simple y llanamente ha relatado una interesante paradoja de la derrota que el fundamentalismo asestó a la inteligencia humana. A los cristianos les tocó hacer de malos, cuando antiguamente fueron los buenos (creo que un pagano, al principio de la peli le dice a un parabolano: mi abuelo se descojonaba de ti cuando nuestros emperadores os asaban vivos atados a una silla de hierro en el circo). Pero no nos engañemos, por mucho que nos coman la cabeza desde los altares de la fe cristiana, en ningún momento el mal deriva de la religión, ni de Dios, ni de su palabra, la religión no es más que un estado de conciencia que alivia nuestra mente en los momentos más desesperados, el verdadero pecado radica en el hombre y en los sacerdotes de esa Iglesia que emplearon mal la palabra y la usaron para llegar al poder y expandirlo por todo el mundo. Y eso es lo que transmite la película de Amenabar que con tanto radicalismo atacan algunos sectores de nuestra iglesia, inconscientes de que el cristianismo de hoy no tiene nada que ver con el cristianismo que se tuvo que ejercer en una época en la que la violencia era la única forma de ejercer el poder.
Después de ver la Momia 2 denosté a Rachel Weisz como actriz, pero en Ágora me he reconciliado con ella. Creo que ha sabido encarnar perfectamente a la científica Hipatia y en sus rasgos leemos continuamente la frustración o el entusiasmo hacia los descubrimientos astronómicos, el dolor ante la sociedad que la rodea y el cariño que guarda hacia sus discípulos y seres queridos. Hay un par de escenas de su figura recortándose contra el plano cenital nocturno que pasan directamente a los anales del cine. Por otro lado, Max Minghella, pese a su juventud, encarna perfectamente la tortuosa mente del esclavo martirizado por el amor y sus creencias o por la curiosidad y el fundamentalismo. Y el duelo interpretativo entre Oscar Isaac y Rupert Evans alcanza un nivel sobresaliente en los últimos compases de la película, cuando el destino de Hipatia pasa por sus manos.
Le voy a dar un notable alto a la película. Como ya he adelantado al principio, Amenabar sigue demostrando que es el director con más entidad de nuestro cine. Su producción es digerible, atrae al público a las salas y concita el interés por un cine comercial no exento de matices muy ricos. Ojalá se hicieran muchas más películas como Ágora en nuestro país, otro gallo cantaría.