
Vamos con uno de esos temas peliagudos y un tanto oscurantistas que se dan dentro del mundo de la edición y que afectan directamente al autor. Me comenta un amigo que acaba de recibir una oferta por publicar con la Editorial X (voy a mantener el anonimato pues estos temas siempre se negocian en el margen de la legalidad, aunque el trasfondo atente contra los intereses del autor y las consecuencias sean un tanto ilícitas) y que anda un tanto indeciso.
Yo os pongo de sobreaviso, por si alguna vez os ocurre lo mismo, para que sepáis a qué tenéis que ateneros. Me comenta mi amigo que las cláusulas de este contrato proponen una primera tirada de cien ejemplares en los que el autor no cobraría absolutamente nada y que el beneficio sería completo para la editorial. En caso de que esos 100 ejemplares se vendieran, automáticamente se sacaría una segunda tirada de 250 ejemplares más y ahí, el autor, sí que se llevaría su diez por cien de margen.
Aquí huele a subvención, es decir, la editorial recibe algún tipo de subsidio por publicar un libro, por lo que el gasto de producción es cero y el beneficio que obtiene de ese libro procede de la venta. El autor debe tener bien claro que vender cien libros es relativamente fácil: familiares, círculo de amigos, conocidos… y si vive en un pueblo las posibilidades de venta aumentan. Por lo que esos cien ejemplares no entrañan riesgo para la editorial. El editor juega sobre seguro, ni siquiera tiene que esforzarse en distribuir el libro ya que cien ejemplares tienen una venta rápida. Por lo tanto, estamos ante un contrato legal con un trasfondo amoral para el autor. No existe ese riesgo lógico que debe establecerse en la publicación de un libro: el editor arriesga su capital porque «confía» verdaderamente en la novela y quiere sacarle un rendimiento sin birlarle el exiguo beneficio que le corresponde al autor.
A ver si en este país empezamos a darnos cuenta de una puñetera vez de lo complicado que es escribir un libro, de la cantidad de cosas que tienes que dejar de lado para llevar a buen fin una novela y de la cantidad de horas que sacas de tu tiempo, de tu trabajo, de tu familia para escribir. A mí me hace mucha gracia cuando me viene el editor de turno o el amiguete del editor y me suelta a bocajarro: es que el que verdaderamente pone los dineros y arriesga por la novela es el editor. ¡¡Y una mierda!! El que apuesta por la novela es el que la escribe y el que deja de lado algunas de sus obligaciones laborales para embarcarse en un trabajo que le puede llevar un año de quebraderos de cabeza. El pequeño editor adquiere su cuota de riesgo, por supuesto, pero él tiene una posibilidad previa de elección del producto (es decir, elige si publica o no publica) y también decide cuánta pasta va a invertir en el libro. El autor, al cabo del año, se quema las pestañas delante del ordenador para realizar su historia y a cambio recibe una gratificación por ese trabajo, jamás un pago, porque el pago de un trabajo se cuantifica por la cantidad de horas que se invierten en el libro y por un beneficio relativo.
En definitiva, el autor debe valorarse a sí mismo, saber en todo momento cuál es su valor de mercado (es decir, cuánto es capaz de vender) y, a partir de ahí negociar. Está bien recibir un adelanto o una liquidación, pero, por favor, si alguien os saca cien libros a la calle y, encima, no hay liquidación de esos ejemplares, jamás aceptéis que os digan que os están haciendo un favor, porque el favor se lo estáis haciendo vosotros al editor.
Seguimos con el caso de mi amigo: sacamos cien ejemplares, no hay liquidación, pero de los 250 siguientes sí que nos llevamos el preceptivo 10%... perfecto. Para un autor novel, que no ha publicado nada anteriormente, podría ser hasta aceptable, al fin y al cabo no tiene que poner un duro, que tal como se están poniendo las cosas en el mundo editorial ya es.
Pero luego, mi amigo, me dejaba caer unas cuantas cláusulas más del contrato (al lorito que aquí viene lo heavy):
La editorial tiene derecho a negociar con cualquier otra editorial los derechos de traducción a cualquier lengua del mundo. Si ese trabajo lo lleva a cabo la editorial se lleva un 50% de las cantidades recibidas. Si existe una adaptación radiofónica, televisiva, o cinematográfica, la editorial se llevará otro 50%, e incluso tiene derecho a igualar cualquier oferta de tanteo.
Vamos a ver: ¿es que acaso os creéis Random House, Grupo Prisa o Planeta para imponer estas cláusulas leoninas en el contrato? ¿Es que acaso actuáis como agentes literarios? ¿Es que la apuesta inicial por el libro os da derecho moral a que el autor se endeudo con vosotros por los siglos de los siglos, amén?
Seamos claros, si la apuesta inicial de la editorial hubiese sido legítima o, cuanto menos, establecida en un marco moral adecuado, se podría hablar de derechos derivados de la obra. Al fin y al cabo la editorial está apadrinando al autor y, aunque no pague el esfuerzo en su justa medida, le ha dado la oportunidad de sacar al mercado mil o dos mil ejemplares. Pero cuando la cantidad se reduce a cien libros y ni siquiera los gastos son asumidos por el editor, sino que proceden de una subvención, estas cláusulas son amorales, licenciosas y libertinas, y atentan directamente contra la integridad del joven escritor.
Oiga, si usted lo que quiere es mediar como agente firme como tal y mueva la obra por donde le de la gana. Pero no sangre a un autor publicándole cien ejemplares y no pagándole un puto céntimo y luego quiera imponer por contrato una venta de derechos a otros medios porque es una práctica deleznable.
Estamos llegando a un punto en el que las viejas tradiciones se pierden y las editoriales dejan de cumplir la labor que han hecho durante toda la vida para convertirse en piratas que se dedican a sangrar al incauto. El autor, antes de embarcarse en una obra, debe tener claro que publicar una novela es dificilísimo, que no es llegar y besar el santo. Que antiguamente, de quinientos publicaba solamente uno y que hoy en día, muchos caraduras aprovechan los medios que las imprentas ponen a su alcance para sacar el máximo beneficio de un libro (y por extensión de su autor) que jamás será editado en las condiciones adecuadas. Podemos soñar con ser grandes escritores, pero no permitamos que uno de estos piratas se aproveche de nuestros sueños para hacer su agosto.
Antes de firmar nada, meditemos, consultemos precios y veamos los pros y los contras. Sepamos distinguir entre autoedición y coedición, estudiemos las cláusulas leoninas del contrato y tengamos muy en cuenta lo que el editor ha hecho por nosotros antes de que tenga derecho de pernada sobre nuestro libro. Con todo esto no quiero decir que asumamos el rol de Reverte frente a un contrato; la contrapartida es que debemos tener muy claro quienes somos antes de ponernos a exigir. Pero, por favor, no nos menospreciemos a nosotros mismos. Somos lo que somos, pero no seamos lo que otros quieren que seamos. Trabajo y beneficio en su justa medida y ya que, en el mundo editorial, jamás podrá ser justa, al menos que sí exista un equilibrio con lo que reciben otros autores noveles.